Héctor Roberto Chavero, conocido mundialmente como Atahualpa Yupanqui, nació el 31 de enero de 1908 en Campo de la Cruz, en la provincia de Buenos Aires. Fue poeta, músico, guitarrista, compositor y una de las figuras más emblemáticas del folclore argentino del siglo XX. Hijo de madre vasca y padre criollo de ascendencia quechua, desde pequeño estuvo en contacto con la música y las culturas populares de su país. A los seis años comenzó a tocar violín, y luego guitarra, instrumento que lo acompañaría toda su vida.
El seudónimo "Atahualpa Yupanqui" es uno de los aspectos más significativos de su identidad artística. Lo adoptó por primera vez en 1913, en un trabajo escolar que rindió homenaje al último emperador inca, Atahualpa, ejecutado por los conquistadores de Francisco Pizarro. Años más tarde, le añadió el apellido Yupanqui, nombre de un cacique supremo quechua, que significa “el gran mérito”. La elección de este nombre no fue casual: representaba una profunda identificación con la historia y la cosmovisión indígena, así como un compromiso con el pueblo y sus raíces.
El significado del nombre es una síntesis de esta vocación: Ata (venir), Hu (de lejos), Alpa (tierra) y Yupanqui (contar). Así, Atahualpa Yupanqui significa "el que vino de lejanas tierras a contar", una definición que se ajusta perfectamente a su vida como cantor, poeta y narrador de las realidades del pueblo argentino. Su seudónimo, lejos de ser un simple nombre artístico, era una declaración de principios, una reivindicación de las culturas originarias, y una postura política y estética frente al mundo.
A lo largo de su juventud, recorrió gran parte del interior argentino, conectándose con la gente del campo, especialmente pueblos originarios y mestizos. De esos viajes nacieron muchas de sus primeras composiciones como “Camino del indio” y “Nostalgia de Tucumán”, que expresan tanto la geografía como el alma de esas tierras. Su estilo musical se caracterizó por un profundo respeto a la tradición, un lirismo poético que revelaba el dolor y la esperanza del pueblo, y una sencillez armónica profundamente emotiva.
En 1942 conoció a la pianista francesa Antoinette Paule Pepin Fitzpatrick, más conocida como Nenette, quien se convirtió en su compañera de vida y colaboradora artística durante 48 años. Ella firmaba con el seudónimo Pablo del Cerro, y juntos compusieron más de 60 canciones, incluyendo clásicos como "El arriero" y "Luna tucumana". Su colaboración fue clave para expandir el lenguaje armónico y estético del folclore argentino.
Durante la década de 1950, Atahualpa alcanzó notoriedad internacional. Debutó en Francia en 1950, presentado por Édith Piaf en el teatro Athénée de París. En Europa entabló amistad con figuras como Louis Aragon, Paul Éluard, Picasso y Rafael Alberti, y realizó giras por Colombia, Japón, Marruecos, Egipto, Israel, España y Francia, donde finalmente se estableció. Aunque regresaba esporádicamente a Argentina, tras el regreso de la democracia volvió a presentarse en espacios emblemáticos como La Capilla.
Durante su vida, compuso más de 1500 canciones, dentro de los ritmos del folclore argentino: milongas, zambas, chacareras, vidalas, bagualas y canciones. Grabó más de 1200 temas y dejó registradas cerca de 300 composiciones propias. Su obra literaria incluye el libro “Piedra sola” (1941) y la novela “Cerro Bayo” (1947), que inspiró la película Horizontes de piedra (1956). Recibió múltiples distinciones, como el Premio de la Academia Charles Cross (1950), el Disco de Oro (1973) y un Diploma de Honor de la OEA (1983).
En 1989 fundó la Fundación Yupanqui en su casa de Cerro Colorado (Córdoba), un espacio de resguardo y memoria de su legado cultural. Ese mismo año, falleció Nenette, lo que marcó profundamente a Yupanqui. En diciembre de 1991 ofreció su último concierto en Buenos Aires.
Falleció el 23 de mayo de 1992 en Nimes, Francia, a los 84 años. Siguiendo sus deseos, sus cenizas fueron trasladadas a Cerro Colorado, donde descansan a la sombra de un roble, junto a las de Santiago Ayala, el bailarín El Chúcaro. En su Casa Museo se conservan sus libros, ponchos, cuchillos de su abuelo y objetos que le regaló el público en sus giras.
Don Ata, como también era llamado, dejó una huella imborrable en la historia cultural argentina y latinoamericana. Con su música y su palabra, "el que vino de lejos a contar" sigue hablándole al pueblo desde la eternidad.