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Los mayas y el cero: cómo dos civilizaciones descubrieron la "nada" a ambos lados del océano

10 Oct 2026 6 min read 1,027 words

Cada vez que marcas un número de teléfono, revisas tu saldo bancario o miras la hora, usas un número tan familiar que es fácil olvidar que alguna vez fue revolucionario: el cero. La idea de que la "nada" pudiera escribirse como un símbolo y usarse en los cálculos cambió la historia de la humanidad. Lo que muchos no saben es que esta idea se desarrolló de forma independiente en dos lugares muy lejanos del mundo. Un camino va de la India a Europa pasando por Bagdad, de la mano de los sabios árabes. El otro atraviesa las selvas de Mesoamérica, donde los mayas tallaron su propio cero en la piedra.

Los mayas: astrónomos de la selva

La civilización maya floreció durante muchos siglos en lo que hoy es el sur de México, Guatemala, Belice y partes de Honduras y El Salvador. Su periodo clásico, aproximadamente entre los años 250 y 900 de nuestra era, vio surgir grandes ciudades como Tikal, Palenque, Copán y Calakmul, con pirámides imponentes, palacios reales y canchas para el juego de pelota.

Pero los mayas no fueron solo constructores. Estuvieron entre los astrónomos y matemáticos más hábiles del mundo antiguo. Sus sabios observaban los movimientos del sol, la luna y el planeta Venus con una paciencia extraordinaria, y registraban sus observaciones durante generaciones. Para manejar tantas cifras necesitaban un sistema de numeración poderoso, y en su centro estaba el cero.

Un cero con forma de concha

Los mayas contaban en base 20, en lugar de la base 10 que usamos hoy, posiblemente porque contaban con los dedos de las manos y de los pies. Escribían sus números con solo tres símbolos: un punto para el uno, una barra para el cinco y un signo especial, dibujado a menudo como una concha, para el cero.

Con estos símbolos sencillos, colocados en posiciones verticales, un escriba maya podía escribir cifras enormes con facilidad. Igual que en nuestro sistema moderno, el valor de cada símbolo dependía de su posición, y el cero indicaba una posición vacía. Es exactamente el mismo principio que hace funcionar nuestros números. Las inscripciones mayas muestran que el concepto ya se usaba en el siglo IV de nuestra era, y algunas fechas calendáricas de la región podrían ser incluso más antiguas, lo que lo convierte en uno de los usos del cero más tempranos conocidos en el mundo.

Calendarios de una precisión asombrosa

Los mayas usaron sus matemáticas para crear calendarios de notable precisión. Combinaban un calendario ritual de 260 días, llamado Tzolk'in, con un calendario solar de 365 días, el Haab'. Ambos ciclos encajaban como engranajes y volvían al mismo punto de partida cada 52 años.

Para registrar largos periodos históricos utilizaban la Cuenta Larga, un sistema que contaba los días desde un punto fijo en un pasado remoto. Sus observaciones de Venus eran tan exactas que las tablas conservadas en el Códice de Dresde, uno de los cuatro libros mayas que han sobrevivido, podían predecir los ciclos del planeta con un error muy pequeño durante largos periodos. En Chichén Itzá, México, se cree ampliamente que un edificio circular conocido como El Caracol funcionó como observatorio.

Mientras tanto, en Bagdad

Mientras los mayas perfeccionaban sus calendarios, otra revolución intelectual tenía lugar en el mundo árabe. En la India, matemáticos como Brahmagupta habían desarrollado un sistema decimal con cero, y en el año 628 Brahmagupta formuló reglas para calcular con él. Ese conocimiento llegó a Bagdad, donde los califas abasíes apoyaban a los sabios de la célebre Casa de la Sabiduría.

Hacia el año 825, el gran matemático Muhammad ibn Musa al-Juarismi escribió un libro que explicaba cómo calcular con estas cifras indias. Cuando se tradujo al latín siglos después, su nombre se convirtió en Algoritmi, origen de la palabra "algoritmo". Su otra gran obra nos dio la palabra "álgebra", de al-yabr. La palabra árabe para cero, sifr, que significa vacío, pasó a las lenguas europeas como "cifra" y, a través del italiano, como "cero". Cuando el matemático italiano Fibonacci difundió estas cifras en Europa en 1202, las había aprendido de comerciantes y maestros árabes en el norte de África. Por eso los dígitos que usamos hoy se siguen llamando "números arábigos" en todo el mundo.

Dos historias, una misma curiosidad humana

Los mayas y los árabes nunca se encontraron. Separados por un océano, desarrollaron sus tradiciones matemáticas de manera independiente. Sin embargo, ambas civilizaciones compartían la misma curiosidad profunda por el cielo, el tiempo y el orden. Ambas construyeron observatorios, ambas crearon calendarios precisos y ambas comprendieron que la "nada" podía ser una de las ideas más poderosas de las matemáticas.

Lamentablemente, gran parte del legado escrito maya se perdió. En 1562, el fraile español Diego de Landa ordenó quemar libros mayas en el pueblo de Maní, en Yucatán, y solo se conocen cuatro códices que hayan sobrevivido. El legado científico árabe, conservado en bibliotecas y traducido al latín, tuvo mejor suerte y ayudó a encender el despertar científico de Europa.

Un viaje para mentes curiosas

Para los viajeros árabes amantes de la ciencia y la historia, visitar los sitios mayas ofrece un asombro especial. Frente a la pirámide de Kukulkán en Chichén Itzá, donde la sombra de una serpiente aparece en la escalinata durante los equinoccios de primavera y otoño, se siente el mismo espíritu de observación que inspiró a los astrónomos de Bagdad, Damasco y Samarcanda. Es un recordatorio de que las grandes ideas pueden nacer en cualquier lugar, y de que el mundo árabe y América Latina comparten un orgulloso legado de contribución al conocimiento humano. La próxima vez que escribas un cero, recuerda que tiene dos antepasados ilustres: uno en Bagdad y otro en la selva maya.

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